Chagui, su vida a 30 años de su muerte

Por Mari Mari Narváez

Una buena parte de nuestro álbum familiar consiste de decenas de fotos junto a la tumba de Chagui.
Si se quiere ver cómo ha progresado la familia, puede tomarse el álbum y, en las fotos de cada 24 de marzo, allá estamos todas y todos junto a la tumba, escuchando hablar a mi papá, alzando el puño para cantar La Borinqueña antes de despedirnos impotentes, desolados, y dirigirnos a la catedral de San Juan.

No es cierto que el tiempo cure las heridas de la muerte. Por el contrario, el tiempo solo permite que se alargue cada vez más una ausencia, un vacío. Algo así pasa con Chagui y con todos nuestros muertos. Con los años, han crecido junto a nosotros y junto a nuestra nostalgia. Y cada vez son más grandes y están más presentes y cada vez los conocemos más. Pero eso es insignificante. Insignificante, si se compara con el vacío, con la violencia y la humillación en la que cada asesinato político ha dejado a nuestra patria.

Un día lo sabremos todas y todos. Un día, el pueblo por el que cayeron Chagui y todos nuestros mártires, se apoderará de su historia, incluso de esa que forja día tras día sin saberlo. Y un día se levantará y no permitirá que asesinen a Chagui ni a Carlitos ni a Antonia ni a Luis Ángel ni a Eddie ni a Arnaldo Darío ni a Carlos Soto ni a Ángel Rodríguez ni a Filiberto ni a ningún otro independentista ni socialista ni pacifista ni luchadora ni combatiente. Un día este pueblo tendrá que exigir que le rindan cuentas y tendrá que ofrecércelas también a sí mismo, a sus hijos, a los nietos que habrán de despertar tras el sueño más largo del mundo. Mientras tanto, en este 30 aniversario de su asesinato, revivimos a Chagui. No a la víctima de la peor maldad, no al blanco del inescrupuloso FBI y sus secuaces de paso. En sus 30 años de martirologio, hoy revivimos a Chagui el joven, el hijo, el hermano, el patriota.